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Varias veces me han preguntado cuál fue el motivo para escribir mi libro “Comunicación no verbal para humanos curiosos”. Como cuento en las primeras páginas, mi interés viene de lejos.

Por fortuna, cada vez más personas tenemos claro que estamos estrechamente conectados con el planeta y con todos los seres que lo integramos, pues dependemos unos de otros como parte de un mismo ecosistema.

La comunicación no verbal, además de una herramienta de comunicación esencial, es un eslabón común con nuestros ancestros y observarla nos conecta con nuestra parte más animal y primitiva.

En mi caso, desde pequeña tuve la suerte de disfrutar con mi padre de este tema, que le encantaba. Él era filósofo y profesor de oratoria y siempre tenía una explicación de las conductas en relación con los animales. Adoraba a los perritos –nosotros tuvimos tres- y me enseñó a fijarme en su entrañable lenguaje.

Nos encantaba ver cómo se colocaban panza arriba, en confianza y relajados, para dejarse acariciar y cómo se volvían hacia una postura más defensiva al más mínimo ruido. A día de hoy me sigue deleitando ver cómo elevan las orejas e inclinan la cabeza para escuchar, o cómo al jugar descubren los órganos vitales y la yugular, en una actitud antiagresiva que me resulta muy tierna.

También nos gustaba observar en ellos las jerarquías a la hora de comer, de elegir el mejor sitio o quedarse con los juguetes más preciados. Recuerdo con una sonrisa que en su caso la jefatura no dependió nunca del tamaño, sino más bien de la edad, experiencia y carisma.

Mi padre también era muy sensible a los gestos de las personas, al hecho de sonreír o no, mirar al saludar o no hacerlo, dar el frente o la espalda…  Desconfiaba de la mirada de reojo, mirada de control, que no da la cara al observar. Consideraba esenciales esos detalles no verbales y no se le escapaba uno.

Como hijo de su tiempo (había nacido en 1933), los tatuajes eran para él algo tribal y poco civilizado. Tampoco le gustaba la idea de agujerear el cuerpo para colocar pendientes a nadie y por eso cuando nací se opuso a la costumbre habitual para las niñas y me quedé sin ellos hasta mucho tiempo después. También las uñas largas o pintadas en colores fuertes le resultaban un poco como garras (idea que me ha costado quitarme de la cabeza hasta día de hoy :)).

En sus análisis como profesor de oratoria, lo no verbal siempre estaba presente y formaba parte de sus aportaciones geniales. Años después, cuando conoció a quien iba a ser mi futuro marido, le comentó, con su tendencia habitual por la etología, que en otra época hubiera sido un gorila grande. Su comentario quería ser un halago, pero aquello del gorila trajo no pocas bromas y chascarrillos.

Hace unos años, su memoria a corto plazo era muy frágil (duraba segundos), y participaba poco en las conversaciones porque  había ido perdiendo oído y fuerza en la voz. Recuerdo que un día le conté que iba a impartir un curso en el CENIEH (el Centro de Investigación sobre la Evolución Humana) y vi cómo abrió los ojos muy redondos y brillantes y sonrió diciéndome con un hilo de voz muy clara “¡Qué interesante!, ya me contarás lo que aprendes.” Le seguía motivando el tema como siempre y las fuerzas regresaban para alegrarse por la noticia.

El verano pasado, cuando estaba escribiendo mi libro sobre Comunicación no verbal, le iba contando mis avances y, aunque sus respuestas eran mínimas, le pedía su opinión como autor experimentado que era (en los años 70-80 escribió tres libros sobre Oratoria, Negociación y Reuniones). Un día le dije que mi libro era también suyo, por todo lo que había aprendido de él desde siempre. La lágrima cristalina que rodó por su cara sonriente nos dijo tanto como la frase más completa del mundo.

El lenguaje no verbal me conecta con mi padre, y también con el resto del planeta.

Siempre he pensado que vale la pena reflexionar sobre el origen de los gestos, pues las respuestas sabias que proceden de la madre naturaleza nos permiten entender nuestros comportamientos más básicos.

Y, por si fuera poco, con una mirada curiosa, podemos bucear también en otro nivel, el del aporte de las culturas, las creencias aprendidas, lo que generación tras generación se nos ha enseñado que es lo correcto o incorrecto a través de nuestras tribus, familias y grupos, y que mantenemos activo sin darnos cuenta. Desde cómo mostramos u ocultamos las emociones, a cómo saludamos, nos vestimos y nos relacionamos en cada entorno, con toda su carga de valores.

Ser conscientes de toda esa herencia nos puede ayudar a entendernos a nosotros mismos, a entender a los demás y a comunicarnos con ellos. No porque sean iguales a nosotros, sino porque son igualmente humanos, con su humanísima mochila biológica y cultural.

Mis alumnas y alumnos me demuestran también día a día que es un tema que interesa, nos confronta, moviliza y sirve de estímulo para cambiar y ser mejores.

Por todo ello, para mí era imposible no escribir este libro.

Espero que quienes lo lean lo disfruten tanto como yo. Un abrazo.

 

Si quieres saber más sobre el libro, aquí tienes un enlace al índice, la sinopsis y algunos detalles más.

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