Las palabras dan forma a nuestra visión de las cosas.

Por eso no es indiferente qué historias contamos y recordamos, ni qué palabras elegimos para describir lo que hacemos, o para explicar a los demás lo que nos aportan.

Creo que nos vendría bien ser más conscientes del magnífico don que poseemos los seres humanos con la palabra. En este artículo muestro algunos ejemplos, que tal vez nos lleven a cuidar las palabras que queremos utilizar en nuestro día a día, con los demás y con nosotros mismos. Veamos…

En primer lugar, para convencer a los más pragmáticos, mostraré que las palabras tienen impacto en nuestra productividad personal. Un contexto que me parece muy interesante es el de escribir nuestra lista de tareas.

La forma de escribir nuestra lista suele ser a menudo algo así:

– artículo sobre x

– factura z

– libro

– taller

– …

A priori parecería que ganamos tiempo ahorrando palabras pero, como ahora mismo veremos, vale la pena invertir en algunas más. Por una parte, es preferible añadir los verbos, pues nos ayudan a visualizarnos en la acción y de ese modo nos acercan a ella. Además, es recomendable fragmentar los proyectos en tareas más reducidas y concretas.

De este modo, nuestra lista resultaría algo así:

– elaborar mapa de ideas para el artículo

– desarrollar introducción o hipótesis del artículo

– imprimir factura z

– enumerar temas para el índice

– llamar al taller

Tal vez tengamos en nuestra lista alguna tarea más, pero cuanto más concretas las palabras que utilizamos, más sencillo nos resultará abordar esa tarea. Nuestro cerebro las percibirá como más asequibles y tendrá mejor disposición para realizarlas. Pruébalo y verás que funciona!

Además de funcionar para hackear nuestra mente para la productividad, nuestras palabras tienen un impacto en nuestro estado emocional y nuestro enfoque.

Fíjate que no te sientes igual si dices “Soy un desastre” o “Soy muy torpe” que si dices  “No me gusta lo que ha pasado y voy a aprender para que no me vuelva a pasar”. ¿Dónde prefieres poner el foco?

Hay palabras y frases que reducen la fuerza y determinación de nuestros mensajes e incluso la confianza hacia nosotros mismos. Por ejemplo, te propongo estar atentos si aparecen con frecuencia en nuestras conversaciones y pensamientos estas expresiones u otras parecidas.

No puedo. Si decimos que no podemos, realmente no podremos. Veamos si queremos utilizar esta expresión, o construir otra frase que nos impulse hacia lo que sí podemos, queremos y vamos a hacer.

No sé si... Cuando se repite muy a menudo, indica falta de confianza. ¿En qué quieres enfocarte? Muy distinto es pensar  “Me gustaría saber si…”, “Voy a llamar a Jorge para que me cuente sobre este tema…”, “Voy a leer para averiguar… ”

Intentaré. Tiene un matiz de dificultad y falta de confianza, que nos interesa eliminar en muchas ocasiones. Como saben bien los fans de Star Treck.

Debería. El verbo de obligación, unido al condicional, tienen un matiz de peso y dificultad que no nos ayuda. Si se repite, contagia un sentimiento de carga e impotencia. Puede ser mejor algo como “Voy a hacer…”, “Quiero dedicar tiempo a…”, “Elijo hacer…”, “quiero hacer…”. Todas estas expresiones nos sitúan como protagonistas activos de la acción.

Pero. Si la expresión pero va después de una frase que expresa intención, hemos de saber que le restamos toda su fuerza. “Quiero buscar una alternativa, pero…” Presta atención a esos contenidos si se repiten, para evitar el efecto del “borrador universal”. Como en “Has hecho un buen trabajo, pero…” Aunque el “pero” no siempre es negativo. Cuando va detrás de la expresión de un problema o dificultad, le estamos quitando fuerza al obstáculo. “Sabemos que hay más candidatos, pero nosotros ofrecemos algo diferente”. 🙂

Y aún hay más sobre el poder de las palabras. Nuestro léxico es el mapa del mundo que de niños heredamos de nuestros padres y de nuestra cultura, pues cada cultura ha segmentado la realidad de una manera diferente.

Los lingüistas han estudiado el léxico de los colores en cada lengua y sabemos que, por ejemplo, en finés los nombres para describir la nieve son mucho más numerosos que en otros lugares. Umberto Eco dijo en este sentido que los colores que vemos están condicionados por la lengua que hablamos.

Lo mismo aplica para las palabras con las que contamos para explicar cómo nos sentimos. Podemos diferenciar si sentimos pena, lástima, añoranza, decepción, ansiedad, desasosiego, desconsuelo, inquietud, duda, incertidumbre, desesperación…, o por qué no, si experiementamos alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza, ilusión, plenitud, orgullo, euforia, éxtasis…  Nuestra lengua nos hace capaces de acceder a esos variados matices de las emociones  y compartirlos.

De modo que no es extraño que el filósofo alemán Heidegger afirmase que

el habla es la casa del Ser“.

Por si fuera poco, también sabemos que nuestros pensamientos y creencias -construidas en forma de palabras- influyen en nuestro modo de pensar y comportarnos.

Sabemos que una creencia nos puede condicionar a la hora de tomar decisiones. No es lo mismo creer que ” hay quien nace con estrella y quien nace estrellado” que estar convencido de que “el que la sigue la consigue“. Atención a lo que creemos porque “lo que crees suele ser lo que creas”. 🙂

Por suerte, si somos más conscientes de nuestros pasos en esa casa, podamos decidir dónde queremos enfocar nuestra atención y qué habitaciones queremos habitar más.  Lo más interesante es que tenemos márgen de elección!

Y por supuesto, nuestras palabras tienen impacto en los demás. Concretamente, son esenciales en nuestra capacidad para motivar o guiar a otros. Por ejemplo, cuando queremos dar feedback a alguien, una oportunidad de aprendizaje vital en el terreno profesional y también en el personal (estoy pensando en hijos, pareja, amigos…).

Cuidado con los “Tú siempre…”,  “Tú eres…”  El buen feedback ha de ser claro, específico, concreto, reciente, basado en hechos, pues solo de ese modo tiene el efecto constructivo que buscamos. Huyamos de las generalizaciones (siempre, nunca, nadie, todo el mundo...), sobre todo de las negativas, y de los juicios no basados en datos o hechos.

Es buena idea preguntar y escuchar, en lugar de lanzar directamente nuestro mensaje. Conocer la visión de la persona, su mapa de la realidad, para poder conectar y a partir de ahí aportar nuestro punto de vista. Si es posible, utilizando sus palabras.

También cabe pensar en el impacto de pasar de el yo y el tú al nosotros, o de ofrecer apoyo en el camino de cambio.

Como conclusión, podemos usar el lenguaje como herramienta para aprender sobre nosotros y para cambiar. Observando tus palabras puedes ser más consciente de tu estado y también empezar a cambiar el foco hacia lo que quieres.

También podemos revisar nuestras palabras de forma que mejore nuestra influencia en los demás. Las palabras movilizan, aportan energía o la restan, nos conectan o nos desconectan. ¿Qué tipo de influencia queremos ser?

Sigmun Freud habló de ello:

“Palabras y magia fueron al principio una y la misma cosa, e incluso hoy las palabras siguen reteniendo gran parte de su poder mágico. Con ellas podemos darnos unos a otros la mayor felicidad o la más grande desesperación, con ellas imparte el maestro sus enseñanzas a sus discípulos, con ellas arrastra el orador a quienes lo escuchan, determinando sus juicios y sus decisiones. Las palabras apelan a las emociones y constituyen, de manera universal, el medio a través del cual influimos sobre nuestros congéneres”. 

Si quieres trabajar tus habilidades de presentación o para el liderazgo, puedes hacerlo a través de un taller a medida o de sesiones de coaching individual. Escríbenos o llámanos para diseñarlo juntos.

Ghandi dijo “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”,

¿y si empezamos por algo sencillo, asequible y poderoso como nuestras palabras?

 

 

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