Érase una vez un escritor que vivía en una playa tranquila, junto a una colonia de pescadores. Todas las mañanas, temprano, paseaba por la costa para inspirarse y por la tarde se quedaba en casa escribiendo.

Un día, caminando por la orilla de la playa, vio una figura que parecía danzar. Al aproximase, observó a un joven agarrando estrellas de mar de la arena y arrojándolas una a una de nuevo al océano.

-¿Por qué haces esto? –preguntó el escritor.

-¿No lo ve? –dijo el joven-. La marea está baja y el sol brilla. Si las dejo en la arena, se secarán al sol y morirán.

– Muchacho, existen miles de kilómetros de playa en ese mundo y cientos de miles de estrellas de mar desparramadas a lo largo de ellos. ¿Qué vas a conseguir? Tú devuelves algunas al mar, pero la mayoría morirá de cualquier forma.

El joven se agachó, tomó una estrella más de la arena y la arrojó al océano. Miró al escritor y dijo:

-Para esa estrella, sí hubo una diferencia…

Aquella noche el escritor no logró dormir; ni tampoco pudo escribir. Por la mañana fue a la playa, aguardó al joven y junto a él comenzó a devolver estrellas al mar.

del libro “Coaching. El Arte de Soplar Brasas”, de Leonardo Wolk.

Otro cuento que rezuma un mensaje de proactividad, coraje y paciencia. Esta historia breve habla de nuestra capacidad individual de influir en el mundo.

Ante los grandes problemas, a veces nos sentimos insignificantes y nos convencemos de que no podemos cambiar las cosas. El cuento ayuda a ver que cada esfuerzo individual merece la pena, puede producir cambios y, sobre todo, contagiar a otros.

Una frase oriental que a menudo comparto en mis cursos contiene un mensaje similar: “Un camino de mil millas comienza en el primer paso”.

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